Lágrimas verdes
Cuenta la leyenda que la princesa Tena lloró el abandono de un cacique y sus lágrimas se congelaron en las montañas en forma de verdes esmeraldas. Joyas escondidas que a diario hechizan a miles de personas en el mundo. En Colombia la desdichada princesa hizo la fortuna de la gente del Boyacá occidental, una de las más lindas y fértiles regiones de esta extraña república suramericana.
De Bogotá se llega a Otanche después de seis horas en carro. Dos sobre una “cómoda” provincial y lo que queda por una carretera destapada que atraviesa verdes colinas de plátanos y café. Otanche se conoce por el complejo minero de Coscuez y la producción de esmeraldas en la que, desde siempre, compite con Muzo, el otro centro boyacense donde se extrae la famosa gota verde, apreciada y exportada en todos los mercados del mundo. Según Jean Claude Michelou, director de la Asociación Internacional de Gemas de Color, “las minas de Muzo y Coscuez generan el 45% de la producción mundial de esmeraldas”.
El complejo minero de Coscuez da de comer a las doce mil almas que aquí viven. Toda la economía legal de la zona, en efecto, se mueve alrededor de la extracción de las valiosas piedras, cortadas y comercializadas en la capital de la república. Hace décadas, las esmeraldas representan una de las exportaciones no tradicionales que más ingresos le han garantizado a Colombia. Todavía, en la actualidad, el negocio está sumergido en una crisis profunda. De hecho, y siempre según la Asociación Internacional de Gemas de Color, el valor de esas exportaciones ha disminuido de manera inesperada, pasando de 480 millones de dólares a mitad de los Noventa a menos de 100 millones en el 2001. Las razones son varias, pero la principal es el descubrimiento, por parte de empresarios internacionales del sector, de una práctica generalizada entre los avispados comerciantes colombianos que suelen inyectarles aceites y resinas a las piedras para corregir sus defectos y aumentarles el valor. Con el tiempo, las esmeraldas tratadas se deterioran y revelan la estafa. Sin embargo, y a pesar de la desconfianza internacional hacia las gemas de Colombia, se estima que hoy en día el mercado negro sigue empujando el sector esmeraldero colombiano con aproximadamente 1.500 millones de dólares al año.
Pero la región no vive sólo del desespero de la princesa Tena. A lado de la actividad minera, en efecto, hay otra actividad, esta sí ilegal, que hace tiempo se practica en el Boyacá occidental. De hecho, en este verde territorio donde hace caldo húmedo durante todo el año, se cultiva y procesa el otro producto que Colombia exporta en todo el mundo: la coca!
Toda la zona está controlada por “patrones”: concesionarios de las minas que, de hecho, se han sustituido a las autoridades en la administración pública y de la justicia. Gracias a sus ejércitos privados garantizan la paz y, al mismo tiempo, se encargan de la construcción de viviendas, colegios, iglesias y centros de salud. Cualquier problema de orden público se maneja como si fuera un asunto privado. Desde 1946, en efecto, el estado colombiano sólo se limita a entregar las concesiones, pero no ejerce algún tipo de autoridad en la región. En el pueblo existe una comisaría mas por las calles no se ven policías. “Esos se la pasan encerrados en el establecimiento donde les llevan las niñas para que se distraigan”, cuenta con picara sonrisa un viejo minero.
Los políticos colombianos llegan hasta aquí sólo en época de elecciones. Llegan a estrechar manos y dar palmadas en los hombros. Llegan en búsqueda de votos, o mejor dicho a comprar votos. “Llegan y organizan asados públicos inmolando vacas en la plaza mayor para que la gente se acuerde de sus nombres en las urnas”, cuenta David, joven minero nacido en Otanche. Y añade: “Llegan en camionetas tapizadas de pancartas y cargadas con libras de arroz y panela”. A menudo, y siempre a la víspera de las elecciones, prometen pavimentar la carretera o construir una nueva plaza de mercado. “A los pesos pesados de la región le prometen seguir con los ojos tapados sobre los tráficos ilícitos que se realizan en la zona. ¡Y aquí las promesas sí que se mantienen!”, dice con seguridad David. Así estos señores medievales siguen mandando en la completa ausencia del estado. Y la llaman democracia, la más antigua democracia de América latina.
Otanche es el feudo de Víctor Carranza, el internacionalmente conocido “zar de las esmeraldas”, acusado por la justicia colombiana de paramilitarismo y secuestro extorsivo en los Llanos Orientales y en la Costa Atlántica. De acuerdo a las autoridades, entre 1984 y 1989, Carranza conformó y financió grupos paramilitares en los territorios de Muzo y Coscuez. La idea de Don Víctor, como lo conocen sus hombres, era que estos matones le impidieran al extinto cartel de la droga de Medellín apoderarse de los mejores yacimientos esmeraldíferos del país. Los narcotraficantes antioqueños, de hecho, se habían puesto como meta controlar ese negocio para lavar los dólares provenientes de la venta de cocaína. El “zar” salió victorioso de esta batalla y en 1990 fue incluido en la exclusiva lista de multimillonarios que publica la revista Forbes y considerado uno de los hombres más ricos del continente con una fortuna personal valorada en 1.000 millones de dólares. Desde 1998 Carranza ha enfrentado tres procesos pero en igual número de veces ha salido ileso. El último expediente judicial le costó casi tres años de cárcel pero, después de una incisiva batalla jurídica, volvió a ser absuelto. “Eso vive en alguna finca por acá. Casi a diario visita sus minas para seleccionar las piedras más grandes y mirar las mejores vetas descubiertas”, chismosea uno de los carniceros del pueblo.
A mandar ahora en su nombre es Don Darío, un cuarentón muy disponible y con un increíble parecido con el ex parlamentario y narcotraficante Pablo Escobar. La misma actitud, la misma sonrisa burlona, el mismo bigote varonil y un pasado judicial que dejaría empalidecer al sicario más despiadado. Se encarga de la gestión de algunas minas y además, según muchos, controla la producción y el procesamiento del polvo blanco. Muy a menudo pasea por Otanche cogido de la mano con una niña de unos seis años. “Se llama Martha y es la menor de los once hijos que tengo distribuidos por la región”, cuenta con cierto mal disimulado orgullo.
Los patrones y sus guardaespaldas (pájaros), circulan por la zona con pistola y cargadores que cuelgan del cinturón. En el pueblo todos tienen el hierro y lo utilizan cuando cala la noche. La banda sonora de Otanche, en efecto, no es la salsa o el vallenato sino ráfagas que violan la tranquilidad nocturna. Así que puede pasar de levantarse por la mañana y encontrar a la señora del hostal quitando las manchas de sangre frente a la entrada del mismo. Lo hace como si limpiara mugre, con una naturalidad que asombra. Pero los disparos no son sólo prerrogativa de las tinieblas. A menudo, de hecho, camionetas y BMW blindados atraviesan las polvorientas calles de Otanche y arrebatan la atmósfera con balazos en el aire. Quizás a celebrar que hazaña!
Si no fuera tan verde y no faltaran las botas de cuero con puntas de hierro, se podría creer estar en el lejano Oeste con tanto de cinturones llevados con frescura sobre pantalonetas deportivas y zapatillas de playa. Entre todos se destaca por elegancia El Divino, un joven patrón que hace años administra diferentes minas. Gracias a un estuche impermeable amarrado a la cadera, lleva su Browning con mango de nácar hasta la piscina. Dice que hizo plata como minero; uno de los pocos que pueden contar el misterio y la magia de empezar como guaquero para luego encontrarse administrando minas y mercado de la droga. Lo mismo que hace años le pasó a Víctor Carranza. Empezar como humilde piconador de Guateque, pequeño pueblo del Boyacá, para llegar a ser el “zar de las esmeraldas”.
Y sí, porque la mayoría de los que van hasta dos mil metros bajo tierra para doce largas horas peleando con dinamitas y temperaturas por encima de los cuarenta grados, son los tantos campesinos colombianos que lo dejan todo con la esperanza de encontrar un día la piedra que cambiará su vida y la de su familia. Una familia muy a menudo lejana donde se vuelve enfermo o ganador, casi siempre la primera. O una familia que a veces los acompaña y vive en las muchas chabolas que rodean el complejo minero. Y así los hijos harán el mismo trabajo de los padres, ellos también soñando con ver llegar la suerte un día. Mientras las mujeres pasan horas buscando migajas verdes en la arena que los maridos sacan de la montaña. Las llaman morrallitas, lágrimas de poco valor. Aunque pueda parecer extraño, para muchos ser minero es un privilegio y hay que luchar para ganárselo. "Acá es muy difícil entrar y sólo se llega por rosca. Sin recomendación de un patrón es imposible tan sólo acercarse a una veta", explica Agustín Mendoza, quien confiesa que su pesadilla diaria es perder su trabajo.
Según monseñor Héctor Gutiérrez, obispo del cercano pueblo de Chiquinquirá, los campesinos prefieren trabajar años en las minas, convencidos de que se van a volver ricos en un momento, en vez de cultivar el suelo fértil. Aquí, de hecho, la actividad minera no se interrumpe nunca y la tierra no sabe que es el descanso así como no lo saben los muchos mineros y guaqueros que se dan el cambio durante el día con turnos interminables, en condiciones de trabajo increíbles, con calor y humedad inaguantables, inhalando polvo. El mismo polvo que se pega a los pulmones y los hace envejecer rápido, cuando no los mata de silicosis o tumor.
Rolando sobrevivió a este destino de sufrimiento y muy a menudo muerte. Tiene 26 años Rolando y llega de Tunja. A los dieciséis abandonó los estudios para intentar la suerte como minero. Se fue de la casa en contra de la voluntad de sus padres, empleados públicos. Se fue detrás del sueño de ganar plata fácil y rápidamente. Pero cuenta que, una vez llegado, se enfrentó con las duras condiciones de vida en las minas, con turnos de trabajo que parecían no acabarse nunca, con el cansancio físico y mental de una rutina sin futuro. “Experimenté el hambre y la desesperación por no poder comer nada más que pan y agua panela porque muy a menudo, después de doce horas de trabajo, no contaba ni con dos mil pesos para un almuerzo”, dice sin rastro de nostalgia. También se chocó con la dureza de los concesionarios de las minas a los que hay que entregar todas las gemas, si no se logra tragarlas antes que los celadores se den cuenta. Luego, por suerte, se enfermó. Una infección que lo obligó a inyectarse penicilina durante un año. Cuenta que se cortaba y las heridas se volvían unas llagas inmundas que no marginaban nunca. Un infierno de lo que se fue a tiempo. Hoy está a punto de graduarse en Derecho en la Universidad de su ciudad. “Les debo la vida a la enfermedad y a mis padres que me acogieron sin preguntas”, reconoce Rolando con un nudillo en la garganta.
En toda la zona domina el machismo: el hombre es el que lleva la plata a la casa, hace política y se encarga que no les falte nada a su pareja y sus hijos. La mujer es la que cría a los niños, aguanta las borracheras y las palizas del marido y lleva con tranquilidad la infidelidad crónica del esposo. Pero, si la mujer es extranjera, entonces se sienta en la misma mesa de los hombres, come con ellos, y está invitada a beberse más de un trago de aguardiente para brindar a la gente de esta región donde se pasea estando casi suspendido en una extraña paz armada que puede romperse en cualquier momento.
Y decir que en los Años Setenta esta aparente tranquilidad sí se rompió. En aquel entonces, de hecho, las minas estaban en el pleno de su delirio productivo, algo que hace años no se vive, y toda la región fue envestida por una ola de violencia sin medida. Se le conoce como Guerra Verde y dejó sobre el territorio una entera generación de jóvenes colombianos muertos en un continuo enfrentamiento entre facciones. Se habla de 3.500 bajas. Las venganzas llegaron hasta el mercado bogotano de las esmeraldas. En pleno centro, de hecho, se disparaba como en el escenario de una película de vaqueros. Ante la excesiva ola de violencia, el gobierno, que en 1946 había nacionalizado la extracción, se vio obligado a intervenir. La guerra terminó en 1990 con un acuerdo de paz propiciado por la Iglesia católica y firmado por Carranza y otros líderes esmeralderos. Hoy en día la amenaza llega por parte de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) que hace años están intentando apoderarse del mercado de las esmeraldas y del más rentable negocio de la droga. Parece estar a la espera, a la espera que el polvorín sobre el cual se está sentado explote.
Se vive en un tiempo fuera del tiempo y fuera de cualquier lógica que domina, o se supone domine, en otros países también latinos. Pero Colombia es un universo a parte, una especie de extraña anomalía donde no se hace sino sorprenderse que a pesar de todo, y a pesar de una guerra civil que dura hace más de cuarenta años, se vive. Y paseando por las minas no es difícil encontrarse con vallas publicitarias donde se lee: “Colombianos, aquí no existen grupos generadores de violencia (guerrilleros o paramilitares). Vivimos en paz. Bienvenidos a la zona minera de Coscuez en el Boyacá”. Entran ganas de preguntarles a los muchos patrones que circulan por la zona, ellos que son. ¿Hombres de paz? ¿Hijos de Dios? Un Dios que aquí en Colombia absuelve y protege a todos... también a los que caminan por el pueblo con pistola, camuflado y al cuello la cadena de oro donde no puede faltar una radiante esmeralda.
Bogotá, 30 Abril de 2003
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