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Hijos de un Dios menor

Se llega a La Victoria en un bus que trepa por los Cerros Orientales que rodean y protegen a Bogotá. Todo empieza con una lenta procesión, silenciosa y casi respetuosa de lo que, sin lugar a dudas, no es un lugar sagrado. Decenas de mujeres – en su mayoría menores – llegan con sus bebés envueltos en cobijas multicolores, los desnudan y empiezan una larga conversación que dura toda la mañana. Un lindísimo diálogo entre madre e hijo, seres de otro mundo; un mundo exclusivo lleno de complicidad, besos, caricias y ríos de dulces palabras sopladas en el oído. Al ritmo de una relajante melodía, las mujeres acarician sus hijos, los masajean, llenándolos de afecto y ternura. Sentimientos que a menudo faltan en las casas colombianas donde a veces los hijos llegan sin estar deseados: accidentes, errores de cálculo o banal falta de planificación familiar. Distracciones que cambian la vida de jóvenes parejas que, en la mayoría de los casos, acaban de conocerse o no se conocen para nada.

Pero ahí, en una pequeña palestra con colchonetas en el piso, velas prendidas, el aire perfumado de incienso y las notas de la naturaleza que salen de una vieja grabadora, esas mujeres aprenden a comunicar con sus hijos, aprenden a dominar un espacio que sólo le pertenece a los dos, aprenden a restablecer aquella unión que duró durante nueves largos meses y que a menudo se rompe al momento del nacimiento. Aprenden a tener conciencia de su rol no sólo como esposas o compañeras, sino como madres, mujeres capaces de dar la vida a unos hijos que han ganado la primera batalla asomándose a un mundo a menudo hostil.

Y sí, porque nacer en una familia de estrato uno o dos en la estratificada sociedad colombiana ya es un riesgo. De hecho, se trata de núcleos familiares con escasas posibilidades económicas cuyos miembros generalmente militan en el ejército del rebusque: las miles de personas que sobreviven vendiendo dulces y productos de contrabando en las calles de las deshumanas metrópolis colombianas. Viven en los barrios de invasión que rodean Bogotá donde latas y paredes de adobe se alternan a lo largo de callejones destapados.
Llegar al mundo en un lugar así ya es una empresa. La primera de una larga vida hecha de miseria, sacrificios y a menudo violencia que empieza en el hogar para seguir en la calle, la escuela y mañana en el trabajo. Aquí, de hecho, la agresividad es una regla entrada en el código genético de mujeres desde siempre obligadas a aguantar abusos y violencias: primero como hijas, después como esposas o compañeras.

Después de años de cómplice indiferencia, la Alcaldía de Bogotá decidió intervenir. Así nació el Proyecto de Expansión de Conciencia con mujeres, gestantes y lactantes de las comunidades marginales de la capital. Hay buses que recogen a las mamás y sus bebés en los barrios de origen para llevarlos a los centros deportivos establecidos. Las más afortunadas llegan con sus compañeros y conmueve ver esas jóvenes y desprevenidas parejas a la espera del primer bebé.

Hay secciones de yoga, meditación y masajes. Se escuchan músicas y cuentos que hablan de la dificultad de ser niño en América latina. A mitad mañana se come algo al ritmo de melodías que evocan países y atmósferas lejanas. Después, antes de regresar a la casa, se dejan los niños con las muchas asistentes sociales involucradas en el proyecto y las mujeres entran en piscina para una hora de verdadera liberación. Aquí – guiadas por la experta nadadora y pedagoga Magdalena Agüero – las mujeres y sus compañeros se abandonan al masaje del agua mientras aprenden a respirar en un ambiente desconocido a la mayoría. Enternecen esos inquietos jóvenes que a menudo ven una piscina por primera vez y que por un momento pueden dejar atrás responsabilidades de mamás o papás para volver a ser esos adolescentes que nunca han dejado de ser. Finalmente, se regresa a casa y a las dificultades del cotidiano vivir. Cada mujer, en efecto, tiene derecho a una sola sección de la cual hacer tesoro.

Cada año el proyecto involucra a 3.500 colombianas, sin embargo, después de una mirada al panorama nacional se entiende que se trata de una gota en el mar de la desesperación y el abandono. Según la última encuesta de Profamilia, en efecto, el 30% de las mujeres colombianas entre los 13 y 19 años ya es mamá o está a la espera del primer hijo y el 68% de las apenas mayores ya ha tenido su primer bebé. En un país donde el nivel educativo de la mujer y su participación al mercado laboral están aumentando, la posibilidad de un mejoramiento socio-económico por parte de estas madres-niñas se ve parada, cuando no obstaculizada del todo, por el embarazo precoz.

En Colombia, el 52% de las maternidades no son deseadas y el 48% de las mujeres que se enteran de estar embarazadas no quieren al hijo. A menudo se intenta arreglar las cosas con abortos clandestinos. En esta anómala república, en efecto, la interrupción de embarazo sigue siendo ilegal, sin embargo se estima que anualmente 400 mil colombianas aborten en condiciones muy arriesgadas. Axel Mundio, director general del Programa de Investigación y Reproducción Humana de la Organización Mundial de la Sanidad (OMS), destaca que: “La despenalización del aborto garantiría un servico seguro que eliminaría la inútil muerte de jóvenes mujeres de bajo estrato social”. Y sí porque, como siempre, también existe un problema de censo. De hecho, se trata de una práctica profundamente discriminatoria porque quién tiene plata se paga una operación segura en alguna clínica privada nacional o estadounidense, mientras que las mujeres de bajo estrato arriesgan con perder la vida en las manos de verdadero carniceros.

Para nadie es un misterio que actualmente el aborto es la primera causa de deceso femenino en el país, mientras que la planificación familiar sigue teniendo fuertes detractores en la machista sociedad colombiana. Según ellos, en efecto, el uso de la píldora por parte de la mujer podría favorecer una intensa actividad sexual extramatrimonial sobre la cual el hombre no tendría el control porque no habría ningún “fruto del pecado”. Para no hablar del condón, desde siempre considerado un mata-pasión. Así, cuando la píldora del día después fracasa y la pareja no puede permitirse traer al mundo otra boca, se recurre a los carniceros.

Y claramente, en la católica Colombia, los temas de la prevención y la necesidad de una mayor educación sexual de la ciudadanía, siguen siendo ausentes del debate político. A pagar son las jóvenes generaciones que fatalmente siguen los caminos familiares que fueron de sus padres y abuelos, con el siempre más actual riesgo de graves enfermedades a transmisión sexual sobre las cuales la ignorancia es general. No queda sino esperar que los gobernantes colombianos se den cuenta que, además de útiles procesos de expansión de conciencia, hace falta emprender campañas informativas que promuevan una sexualidad más responsable y menos arriesgada. De hecho, como afirma la socióloga Helena Prada, “educar a un embarazo conciente no significa sólo salvar vidas humanas, sino resolver un problema de salud pública asociado a la población juvenil colombiana”. Una población en continuo e inexorable crecimiento.


Bogotà, 30 Mayo de 2004

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